Domingo, Mayo 31, 2020
   
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TÓPICOS DEL FRAUDE: Ángel Pujalte

*Mala fe vs orden

No salimos de los mismos exabruptos que exhiben lo imperfecto de nuestra democracia o participantes, los que mueven a tirios y troyanos a buscar la legislación que logre la “democracia perfecta”, una que no deje dudas en las elecciones, en la que nadie haga trampa y la que deje a todos contentos.

Para lo cual antes hay que recordar que las elecciones no son la democracia sino un medio, una herramienta de ella. La democracia consiste en lograr que los servidores públicos trabajen a favor de la sociedad y no de ellos mismos. Lo que la descubre como una responsabilidad que la ciudadanía debe asumir todos los días y no únicamente en las elecciones para desatender los asuntos comunitarios entre ellas.

Lo que deja ver que falta mucho para lograrla ya que apenas estamos en la etapa de tratar de conocer, entender e implementar a una de sus herramientas: las elecciones. Las que no pueden deshacerse de airados reclamos al procedimiento y de acusaciones a los adversarios, haciendo evidente que algo: está mal, sobra o falta. Pero ¿qué es lo que está mal, sobra o falta, para efectuar elecciones sin problemas y poder así darle vuelta a esa hoja para pasar a poner atención en otros pendientes de la democracia, política y situación nacional?

El diagnóstico es sencillo pero de solución difícil. Lo faltante es buena fe. La que falta no solo en esto sino en casi todo. Somos una sociedad disociada e irracional, por falta de buena fe. La buena fe es un ingrediente indispensable para la racionalidad y asociación y por supuesto para la democracia, las elecciones, la política y casi todos los aspectos de la convivencia.

La penetración de mala fe e ignorancia en todo ámbito y nivel, explica la mayoría de la problemática actual nacional. Por la combinación de ignorancia y mala fe somos un país rico y opulento que no da bienestar ni prosperidad material a su población, ni siquiera seguridad.

Pero junto con todos nuestros males, también tenemos lo que había en el fondo de la caja de Pandora. Lo que equilibra a todos los males. Y que también podemos encontrar en la pobre evolución de nuestras maltrechas y remendadas elecciones. En el magro y lento avance que acusa.

En lo externo (medio) está el nivel de descomposición que ha alcanzado la situación política, económica y social nacional y en lo interno (agente) está el nivel de ignorancia y abandono que acumula una parte significativa de la población.

La mala situación del país y el bajo nivel político-económico-social-cultural propician la aparición de supersticiones y mesías. Si alguien creyó en mantener a la gente ignorante para manipularla con facilidad, no consideró la facilidad que con cuentos novedosos le pueden escamotear el rebaño para utilizarlos en la causa de otra superstición o mesías.

Inconveniencia que sufre nuestra aún incipiente e insipiente democracia. Y que hace ver lo peligroso e inconveniente, que resulta mantener la ignorancia del pueblo. Por lo que, quizás ahora si se haga un verdadero esfuerzo por educar a la gente, por racionalizarla y humanizarla, por artificializarla en forma conveniente para la convivencia social.

Mientras tanto lo que se ve como el problema principal es la compra del voto o la forma de convencer a los electores. Porque la relación del político con el elector siempre es comprarle su confianza o convencerlo para que voten por él. La que según parece se puede comprar con promesas y medios intangibles, aunque sean mentiras y engaños, pero no se puede dar nada material.

No vale la pena especular con la compra directa de votos al ser una práctica en la que inciden todos. Las tarjetas de adultos mayores y madres solteras no les piden nada a otras. El bajo nivel de nuestra política lo acusa que nadie se puede lavar las manos de procedimientos incorrectos. Porque la piedra angular de nuestra “política” es la compra de conciencias mediante la promesa o pago de beneficios particulares, diferidos o no, personales o de grupo, todo en detrimento del bien común.

Lo que nos hace un mercado de puja de minorías al que no le preocupa la mayoría. Por lo que para subir al país a las vías, el tapete de debates debe reencontrar a la mayoría,

Pero la esperanza está en que la compra directa del voto ya no alcanza al equilibrarse los marchantes. Porque si los “programas sociales” no son los que más conciencias compran, si son los más visibles que actúan con mayor cinismo y descaro, pero afortunadamente ya no sirven para ganar elecciones. Los que más tenían en éste sentido, perdieron.

Su inutilidad y dificultad de comprobación hace oportuno revisar el asunto desde otra perspectiva: la de revisar de donde salen los recursos para comprar votos y la razón por la que la sociedad le confía instrumentos y recursos sociales a los políticos. La respuesta correcta es para que ellos se los regresen a la sociedad, pero el punto fino está en la forma correcta en la que los políticos deben utilizar los instrumentos y devolver a la sociedad los recursos que reciben de ella.

La forma totalmente inadmisible es la caridad. Entregar algo a cambio de nada. O de una aparente nada. La mayoría de los “programas sociales” y “contra la pobreza” son de éste tipo. En lo que es de simpleza extrema creer que la falta de posesiones materiales es lo que hace a la gente pobre. Lo que aparentemente se soluciona dándoles lo que les falta sin pedir nada a cambio.

En el primer mundo tienen claro los peligros e inconveniencias de la caridad, por lo que nada es gratuito, ni la ayuda. Para no ayudar en un sentido y perjudicar en otro. Para no volver atenida e inútil a la gente y mantener intacta su dignidad. También se debe cuidar lo que se enseña con lo que se hace.

La caridad gubernamental compra consciencias un sexenio y al siguiente se vuelve un problema al ser un presupuesto que no aporta al desarrollo sino un gasto que se pelea como derecho personal. Encima esos programas se prestan para desviar recursos. Dicen que la mitad del padrón de viejitos se destina al equipo de campaña sexenal de AMLO. Al no convenir al desarrollo social ningún centavo se debe usar para beneficio directo de individuos o grupos sino de la mayoría.

El tamaño del desorden lo acusa la revoltura de asuntos que resultan involucrados en los problemas. En la compra de votos lo que se debe resolver es el uso de recursos públicos. Evitar la extracción y desviación de recursos de los fines para los que la sociedad los confía.

Porque resulta que la compra de votos es apenas una minucia del desorden y abuso que se hace de los instrumentos y recursos sociales. De lo que me atrevo a decir que lo que se destina a compra de votos es lo menos de lo perdido y tiene de bueno que “algo” regresa a una mínima parte de la población. Lo malo está en todos los recursos que se pierden y que no aparecen ni se sabe a dónde van a parar.

Y es allí donde la ciudadanía debe poner su atención. Las sociedades avanzan en la medida en la que se organizan y retroceden en la que se desorganizan. El orden requiere prever y planear el futuro y que los planes se cumplan. El problema es que los planes solo sean pretextos para apartar recursos y que la acción se resuelva a capricho improvisando. Porque la improvisación es la manera más eficaz y eficiente de desordenar cualquier cosa, también de enturbiar y esconder cualquier cosa y de echar a perder todo.

Lo que deja ver que el problema de la transparencia en las elecciones no es de las elecciones sino de la transparencia en el gobierno, en el ejercicio del poder y aplicación de recursos. El problema de la compra de votos es consecuente y mínimo junto al de robo y desviación de recursos.

Entonces para evitar la compra de votos en las elecciones se debe evitar el robo de recursos públicos en la actividad cuando no hay elecciones. Y eso desalentaría en mucho los conflictos postelectorales. Porque cuando se tenga que saber, se tenga que trabajar, se tenga que rendir cuentas y ya no se pueda robar tan fácil ni gratuitamente, ya no va a ser tan atractivo ser político y la sociedad avanzaría dejando atrás los niveles de fácil manipulación, miseria y atraso. 

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica. 

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