Sábado, Abril 04, 2020
   
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SAPERE AUDE: Ángel Pujalte Piñeiro

*“Punto ciego”

Las columnas Desigualdad y pobreza y ¿Pobres pero iguales?, en El Universal del 4 y 11 del actual, ambas de Macario Schettino, descubren un punto ciego. No por aclarar el o la solución del problema económico de las sociedades, sino porque precisamente aclaran en qué consiste y el lugar de la teoría económica donde hay un punto ciego. Que atora al esconder cosas fundamentales con lo que evita se consideren y resuelvan y así el avance de la teoría económica y el orden social.

Una primera pifia es considerar a pobreza y desigualdad como causas y no como efectos. Como algo autónomo e insoluble. Lo primero que se debe determinar ante cualquier problema, es la naturaleza del problema y su cadena de causalidad. Es decir, si los fenómenos que se consideran son causas o efectos y como causas ¿que producen? y como efectos ¿que los causa? Sin aclarar esto es temerario e irresponsable apostar la vida de todos a escala natural jugando con lo desconocido. Como acostumbran los “economistas”.

El punto ciego refiere la desigualdad y pobreza, interpretadas como protagonistas principales en un juego cuyo objeto o propósito es encontrar la forma de igualar los beneficios de la producción con los habitantes. Lo que denominan la oferta con la demanda. No la justicia o corrección en la distribución de los beneficios sociales. Noten que llaman equilibrio a una versión de la ley de la selva. El que tenga recursos que coma y el que no, que se chupe el dedo.

En un arreglo carente de un plan o un propósito ulterior. Todo lo reduce a justificar un reparto injustificable. Justificación que no existe porque al dejar libre el mercado se mueve sobre los mismos principios que ocasionaron las revoluciones sociales. El acaparamiento, asimetría y abuso.     

Ese punto de vista no reconoce diferencias entre los individuos, sino es uno en el que todos somos iguales. Con lo que “parece” que no importa quien reciba satisfactores y quién no. Y finca las diferencias en un terreno ajeno al individuo y a la sociedad: en los recursos económicos. Sin distinción de si se obtuvieron en forma legítima o no, en forma legal o no, en forma conveniente para la sociedad o en forma antisocial y si se utilizan para beneficiar a la sociedad o para perjudicarla.

Pero resulta que el fin supremo social es muy diferente a distribuir riqueza en forma ciega, porque sobre eso está el de su propia superación, proyecto en el que la economía debe ser una herramienta de la sociedad y no una ciega secuestradora de ella. Como resulta. Así, la mayor “justicia” que aspiran lograr los “economistas” es a que la distribución de satisfactores se pliegue a la cartera de cada quien. Favoreciendo a los que más tienen y propiciando el acaparamiento y concentración de recursos en pocas manos, a los delincuentes de cuello blanco, gris y negro, a los depredadores sociales y eventualmente una revolución irracional, para cerrar el ciclo.

Sorprendentemente los “economistas” esperan el milagro (o se resignan a fallar): que sin que se haga nada, sin que sea algo que haya sucedido antes, ni aclarar la causa o razón por la que va a suceder (como Marx), eventualmente en forma inexplicable, el mercado va a encontrar la distribución que equilibre, en forma ciega a si conviene o no a la sociedad. Un equilibrio que sin objeto ni referencias no se sabe que equilibra, que propicia ni a quien conviene, lo que beneficia a los depredadores sociales

Por buen gusto no expreso mi opinión al respecto del pasmo en el que un “mecanismo compensatorio de la mala nivelación” resulta la caridad. Dar algo a cambio de nada. Que es un inconveniente curita para la consciencia pública y veneno puro para la evolución social. Regalar pescados evitando enseñar a pescar.

La simpleza de la interpretación saca a muchos elementos de la ecuación de una verdadera justicia social. Una que finque un código de justicia social, que no es penal ni civil, sino de prosperidad social. Y no me refiero a la prosperidad individual, sino la de toda la sociedad. El asunto es más extenso y enredado que complicado. Con calma lo entiende cualquiera, pero no puedo, ni conviene, aclarar todas las confusiones en una entrega.

Aquí empiezo recordando a un amigo llamado Emile Durkheim. Quien en 1892 explico el suicidio mediante la anomia (sin ley, sin norma). En 1930 Robert K. Merton explicó a los gángsters de Chicago con su versión de la misma. Y en el 2000 publique la distinción entre ambas y mi propia versión de anomia, para explicar la decadencia profesional, en especial la de la Ingeniería Civil en nuestro país.

 La ecuación de Durkheim relaciona a los méritos de un lado con la jerarquía y los reconocimientos ($) del otro lado. Meritos = Jerarquía + Reconocimientos. M=J+R. Según Durkheim los méritos sociales deben equilibrarse con la jerarquía y reconocimientos sociales. Dicho de otra forma: la manera correcta de lograr jerarquía y reconocimiento sociales debe ser mediante los méritos que el individuo aporte a la sociedad. Mediante lo que personalmente contribuya al bien común.

Gratificar el acaparamiento y acumulación de recursos tuerce la evolución social al premiar a individuos con mérito social dudoso, cuando no francamente perjudicial para la sociedad. El mercado es un juez más ciego que la justicia, al favorecer a los menos sin considerar el beneficio o perjuicio social que aporten.

Permítanme por problemas de espacio de momento dejar el punto como esta, consciente que falta aclarar los méritos sociales. Pero antes, la semana que entra veremos que fácil resuelve Jared Diamond la igualdad y desigualdad.

Con calma y buena letra, que hacerlo bien importa más que hacerlo; Machado

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica.

 

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