Sábado, Abril 04, 2020
   
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DE QUÉ ESCRIBEN: Ángel Pujalte Piñeiro

Problema de fondo

Sara Sefchovich, en su columna “¿Es posible hacer algo con la pobreza?”, en El Universal el 28 de abril, muestra la impotencia y derrotismo de los que se meten en asuntos en los que carecen de conocimiento y una preparación mínima necesaria para opinar.

Vicio de impreparados que por su deficiente respaldo teórico, comprensión ni compromiso con la verdad, enredan y complican los problemas con estultas metidas de pata herradas con buena fe.

Inicia desplegando impotencia y derrotismo: “Durante varias semanas he hablado en este espacio de la asistencia social en México, con su cambio de objetivos, que han ido desde las acciones remédiales, hasta las de proponerse ayudar a las personas a salir de la pobreza, y con su cambio de métodos que han ido desde entregar despensas hasta dinero en efectivo”.

La falta de distinción es lo primero que salta en su indiscriminada e incongruente mezcla de cosas de diferente naturaleza o condición (pobreza, remedial, objetivos, métodos ayudar a las personas). No distingue los fines de los medios ni la relación que deben guardar los medios con los fines. En el objeto confunde: abatir la pobreza, con acciones remédiales, con ayudar a las personas a salir de la pobreza. ¿Cuál de los tres? porque los tres son diferentes y un distinto propósito requiere medios diferentes (se buscan de diversa forma, se encuentran en diferente camino).

Así, con fines y medios divorciados y cada cual por su lado o revueltos, expone que “el cambio de métodos ha ido desde entregar despensas hasta entregar dinero en efectivo”. Es decir, que no hemos hecho otra cosa que no sea entregar recursos y lo que cambia es entregarlos en especie o efectivo. Que es el cambio más serio, profundo y trascendente que ha habido, según lo que ellos mismos reportan.

La “socióloga” se queja “Si le creemos a nuestros gobiernos” se han invertido (despilfarrado) muchos recursos” sin resultados. Y enlista acciones efectuadas: “que tanta tinta derramada en debates conceptuales, mediciones y cálculos; tanto esfuerzo en crear leyes, instituciones, comisiones, planes y programas; tantas personas y organismos gubernamentales y no gubernamentales y no gubernamentales involucrados en este asunto... pero los pobres allí siguen”.

La “universitaria” sueña en lo fácil que sería la vida si los problemas se pudieran resolver solamente con agitación ciega, parasitismo e improvisación. Que es lo que relaciona en el párrafo anterior. El primer punto lo esclarece, al presentar como lo determinante en los debates, a la tinta derramada y no a la lucidez. Lo de la tinta debe ser cierto, pero por fijarse en cosas intrascendentes e irrelevantes soslaya la seriedad, el conocimiento, la razón y buena fe, que son imprescindibles y que no aparecen por ningún lado. Con lo que aclara lo que hay y lo que falta.

Por su parte las “mediciones y cálculos”, por si solos no sirven de nada. El INEGI produce información pero no la procesa. A la información se le debe extraer el conocimiento que porta. Lo que no hace el INEGI ni ningún espontáneo que con buena o mala fe se lanza al ruedo a lucir su ignorancia ante la audiencia, con ignaras y estultas interpretaciones, con las que distraen, estorban y complican los problemas. Falta el profesional que sepa qué, cuando, como y donde calcular nada y para que lo calcula. Porque lo que aclara la socióloga es que no se sabe que se calculó ni para qué.

“Tanto esfuerzo en crear leyes”. Explica nuestros problemas legales, las leyes hechas al vapor por estreñidos estibadores de palabras e ideas y no por racionalizadores de la vida y convivencia social. Por gente que con brío puja y acumula por estética sin distinguir ningún fondo, en vez de asumir, estudiar, analizar y racionalizar los problemas.

“(en crear) instituciones, comisiones”. Vuelvo a lo mismo: no es un asunto de paladines ni problema de número, sino de razón. Esas instituciones y comisiones a los únicos que han sacado de la pobreza es a sus empleados. Pero la contratación gubernamental como método para sacar a gente de la pobreza es malísimo.

“(en crear) planes y programas”. Lo cual es otro fetiche de legos. Los ignorantes se apantallan con rollos y cerros de papel. Los profesionales sabemos que importa más la lucidez que la cantidad de papel y tinta o lo apantallante de la presentación. Ninguna cantidad de papel y tinta piensa, por muy bonito que se vea, “tantas personas y organismos gubernamentales y no gubernamentales involucrados”, pasa igual que con las instituciones y comisiones: muchos tontos no “suman” a un inteligente y habría que ver cuántas de éstas instituciones y comisiones, con apariencia altruistas, en verdad han hecho un modus vivendi de hacerle al cuento de la pobreza (ajena). Viven cómodamente de la pobreza.

Y después del “enorme peso y valor en el ruedo” de todos los “paladines” que relaciona y presenta como la totalidad de herramientas, recursos y posibilidades con que cuenta el hombre (improvisado). Con lo que busca demostrar que el mundo esta cerrado (no que a ella se le cierra), sino que sus incapacidades e incompetencias son generales, lo que no puede ella no lo puede nadie, para forzar la conclusión de inatacabilidad e imbatibilidad de la pobreza.

Y continúa relacionando más elementos del desorden, que son verdaderos factores que enmascaran y no permiten aprehender al problema y así menos a su solución. Me refiero a las ingeniosas ocurrencias de espontáneos, legos y diletantes. “No hemos visto disminuir de manera significativa ni la cantidad de pobres (con cualquier definición de pobreza que se quiera) ni la profundidad de la pobreza, para usar una expresión de Julio Boltvinik”. Con lo que el tal Julio logró su momento de gloria, pero sin aclarar nada. No aporta a la solución del problema.

“Tampoco hemos conseguido, como dice Antonio Gazol, evitar que se sigan produciendo pobres”. Puras conclusiones fáciles y simplistas de cerebros tiernos, lineares, binarios, mal formados y peor adaptados. La pobreza no es espontánea, es material y tiene explicación.

Llama la atención el manejo que hace de la definición como concepto. Porque es radical y esclarecedora. Una definición aclara más del que la elabora, que de lo que define.

Revela el punto de vista, interés, conocimiento y entendimiento que posee el autor de la cosa que define. El que solo caracteriza apariencias deja ver que su mirada no penetra la naturaleza del fenómeno y el que va al fondo y sabe de lo que habla, puede definir la cosa en base a los parámetros de los que dependen las cualidades que se pretenden cambiar.

Hegel ilustró en su “Fenomenología del espíritu” que la necesidad construye los contenidos internos y el medio los contenidos externos del sistema, a los que denomina figuras, las que no son formas sino relaciones. Las relaciones de adaptación.

Parte del problema es que los involucrados no conocen la naturaleza ni la necesidad del fenómeno (lo que lo hace ser), lo que permitiría elaborar una definición funcional del problema, una que involucre y revele el funcionamiento de los elementos que determinan el comportamiento que se pretende modificar.

La ceguera, ignorancia e incapacidad de los poetas sociales (que hacen versos y frases ingeniosas pero sin aplicación real) la exhiben en que solo señalan las incapacidades, deficiencias y fracasos con mayor o menos ingenio, pero siempre refiriéndose a puras apariencias de consecuencias. Es decir, a nada útil para cambiar nada.

Es así porque para darse cuenta que una persona está enferma o una máquina no funciona no se requiere ser médico o mecánico. Por eso todos hablan de lo evidente, exhibiendo su improvisación. Pero para curar al enfermo o componer a la máquina ya se requiere saber y eso es lo que no se ve y de lo que se queja la socióloga.

Después continúa espantándose de todo lo que hemos despilfarrado infructuosamente. “Un exsecretario norteamericano dijo: que lo que se le han dado a los pobres no ha servido de nada y se ha desperdiciado (...) en su opinión logro lo contrario Porque en lugar de desarrollo ha enriquecido a malos gobernantes”.

Lo que demuestra, una vez más, que por un lado el problema no es de dinero y por otro que lo que se ha destinado a los pobres y ha llegado a ellos, no ha servido de nada y lo que los usa de pretexto pero no llega a ellos, se lo roban vívales. (No es solo uno).

Que la UNAM llega a la misma conclusión. Que Bruno Lautier afirma que lo de la pobreza “solo sirve para darle empleos y ocupación a legisladores y burócratas, para formar y sostener ONG y conseguir recursos nacionales e internacionales”. Que el Centro Multidisciplinario de la UNAM afirma que los dineros van a los encargados de luchar contra la pobreza: funcionarios, burócratas, estudiosos, publicistas (agrego opinadores e investigadores) “Ellos absorben más recursos que los que derraman a la población”.

Que Alan Riding afirma que no es por justicia social sino por razones políticas (que profundidad). Y de nuevo Lautier “que las razones no son humanitarias ni políticas, sino económicas (se necesita más gente que consuma) (esta es una idiotez, el incremento en el consumo es marginal y otra sería si los integramos a la productividad) “y hasta estéticas (porque la pobreza se ve muy fea) (confirma su idiotez).

Y no veo ninguna aportación de la socióloga. Fuera de su desesperanza. Fincada en una recopilación de chismes. Todo el trabajo es una crónica de lavadero. Con estulticia variable en los chismes. Doña Sara, la pendejez es una enfermedad muy contagiosa. Mi madre me recomendó que me alejara cuando oiga o lea pendejadas, por lo contagioso que son.

Y se lo digo con desilusión. Porque revela el problema de la inteligencia nacional. De nuestros investigadores, que lejos de pensar en redes sociales recopilan chismes de mayor o menor ingenio, con que evidencian la ineptitud, incompetencia e ineficacia de nuestros “pensadores”.

Inicia sus entregas echando la hablada que es socióloga con maestría en sociología, pero su trabajo tiene el nivel de un ama de casa en un lavadero. Yo soy Ingeniero Civil, pero tengo idea de la sociología. Porque a los 18 entré a trabajar de estorbante de un auténtico sociólogo. Que me presentó a Durkheim, Weber y otros. Y como el “Turtleman”, me permitió contemplar la “live action” de la sociología.

El cerebro que me introdujo a la razón y me enseñó la luz de la sociología, mostraba su inteligencia descubriendo en el objeto en estudio su forma y modo, su facilidad no su imposibilidad, no se le cierra el mundo porque no era recopilador de ocurrencias ingeniosas y no se juntaba con tarugos. Hasta simpático era. Se llama Hans Steger y a veces lo acompañaba un grizzli teutón que respondía al apelativo del Dr. Molls. Por eso sé que usted y sus cuates “universitarios” están perdiendo el tiempo, no saben trabajar y están muy mal acostumbrados, ya que con ganas podrían hacer más.

También por otra parte, usted tiene en su mano la respuesta a todas sus preguntas. Usted tiene el “a dónde vamos, México. Fe de erratas del desarrollo nacional”, en el esquema del mundo encuentra las respuestas a todas las preguntas que recicla de sus cuates de la red. (¿Tiene preguntas propias?)

Ese libro no lo compró ni se le regaló, se le entregó con un compromiso implícito. Pero el ama de casa chabacana al pitorrearse del autor escupe al cielo y se pone en evidencia.

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica.

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