Sábado, Abril 04, 2020
   
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Caro y presuntuoso elefante blanco el Sistema Nacional de Investigadores

Por Ángel Pujalte Piñeiro*

El 5 de mayo el Universal publicó “Sobre el Sistema Nacional de Investigadores”, de Rosaura Ruiz, Directora de la Facultad de Ciencias y Bruno Velázquez, profesor de la FF y L, UNAM. Los cuales en su pretensión de propaganda interesada, plasman aspectos criticables de lo que llaman sistema e investigación.

Inician afirmando que en los 28 años de historia el SNI “se ha consolidado como una institución de gran relevancia tanto para la comunidad científico-académica mexicana, como para el crecimiento de nuestro país en la producción de conocimientos y el desarrollo y profesionalización de muchas generaciones dedicadas a la investigación, la docencia y la innovación científico-tecnológica”.

Son tres imágenes que presentan como “grandes logros” con los que pretenden justificar su existencia y costos, pero que al revisarlos fríamente se da uno cuenta que no representan beneficios reales para la sociedad que los mantiene.

De entrada, dos solo los benefician a ellos: lo de “institución de gran relevancia (…) para la comunidad científico-académica mexicana” significa que resuelve los problemas financieros de esa opaca “comunidad científico-académica mexicana”, que esa institución los emancipa holgadamente de las angustias y problemas que debe enfrentar la mayoría de los mexicanos para mal sobrevivir. Es la minita de oro de esa comunidad.

Lo de “desarrollo y profesionalización de muchas generaciones dedicadas a la investigación, la docencia y la innovación científico-tecnológica” significa que, como muchos entes financiados con recursos públicos, se ha convertido en generoso refugio para muchos individuos, familias y grupos que cómoda e impunemente se enquistan y apropian de las instituciones que siendo públicas, en vez de compromisos sociales, las ven como su patrimonio familiar y de grupo. Ejemplos sobran.

Falta ver si el tercer “logro” favorece en algo a la sociedad y ese algo compensa lo que cuestan los dos “beneficios” de ellos. Pero ese “crecimiento de nuestro país en la producción de conocimientos” es un descarado engaño. Una malévola mentira. Porque eso es lo único que nunca aclaran ni exponen, porque en el mejor de los casos y aceptando sin conceder que produzcan algún conocimiento, no tiene utilidad práctica ni resuelve ninguno de nuestros apremiantes problemas.

El ardid lo trasluce que no presenten resultados medibles y pesables, que ofrezcan beneficios tangibles para la sociedad, sino que con palabras vanas dibujen figuras de apariencia deseable y envidiable, como es el caso, de producir conocimientos que no mejoran la vida, el bienestar ni la prosperidad material de la población. Como charlatanes que venden la necesidad de conocer con todo rigor y precisión, la inmortalidad del cangrejo o el sexo de los ángeles.

Lo falso o trivial de las afirmaciones y lo ridículo e inconsistente de la posición lo demuestran ellos mismos con lo incongruente de la grandilocuencia de la entrada y lo absurdo de la salida. Con su entrar con trotecito de caballo fino para salir con zancadas de burro. Así cada aseveración solo sobrevive aislada, ya que no se pueden integrar porque resultan incompatibles. Veamos:  

En el siguiente párrafo afirman que “las compensaciones salariales” han minimizado” la fuga y dispersión de científicos, (que como la miel atrae y concentra a las moscas) y que “ha contribuido a elevar el nivel académico (…) al propiciar el aumento de los criterios científicos y humanísticos para definir el rigor y calidad de los trabajos, ha creado una cultura de la evaluación”.

Y allí encontramos el primer sintoma de esquizofrenia, de perdida de contacto con el mundo real. Según ellos incrementan su nivel con formas y apariencias, no con resultados verdaderos. Ellos ven correcto investigar el sexo de los ángeles, mientras se haga siguiendo con todo rigor métodos y reglas. Lo que es degenerar la ciencia confundiéndola con algo que no consiste en pensar sino en seguir procedimientos. Cuando la ciencia verdadera consiste en pensar y no en ejecutar rutinas de movimientos repetitivos, como animales de circo.

Pero ellos lo que evalúan es la metodología y el rigor, las formas y no la medida en la que se descifra al mundo real, el fondo. Lo que hace ver a esa “ciencia” como algo más próximo a un espectáculo o a un juego intrascendente e inconsecuente para la sociedad que paga sus gastos. Por eso no les preocupan los sesenta millones de jodidos ni ningún problema verdadero de los que nos mantiene en el subdesarrollo, sin bienestar ni prosperidad material. Ellos ya resolvieron su problema y los demás que le hagan como puedan.

Después de “reconocer”, el inútil ornato que resulta al no ofrecer resultados tangibles para la sociedad, la: “excelencia académica de la comunidad científica nacional”, generosos y conscientes, enumeran ocho cosas “que faltan mejorar”. Que ninguna es autocrítica o propuesta de mejora de ellos, sino que en todas con mañoso descaro se autoalaban y pretenden más prebendas.

 La primera es la desigual distribución geográfica de las instituciones de investigación, de los posgrados “de calidad” y de las residencias de los investigadores. Lo que es un reclamo con artimaña, porque aclara que se han malacostumbrado a la buena vida en las urbes con comodidades, en las que no salen de las zonas “rosas”, ni para investigar que pasa en los cinturones de miseria o del otro lado de los cerros, en el verdadero México. Son investigadores tercermundistas que no abandonan las escenografías de primer mundo, para no ensuciarse los zapatos.

La segunda es una confesión involuntaria o inocultable, que muchas sanguijuelas no sueltan la teta de la que se cuelgan, al no tener otra forma de chupar tantos ingresos tan fácil e impunemente. Lo que les crea “problemas de relevo generacional”. Lo que se resolvería con “asegurar un retiro digno”. Y yo me preguntó ¿retiro de qué o de dónde? ¿De la realidad? ¿De la sociedad que los mantiene? Porque de allí están retirados desde hace mucho. Pero no, lo que quieren decir es que se les siga manteniendo gratis, pero sin que tengan que ir a calentar una silla o repetir rutinas de movimientos repetitivos, intrascendentes e inconsecuentes para la sociedad. Para que se renueve el espectáculo en las pistas del circo gracias a que a los viejos se le mande su cheque a su casa y se les meta en la bolsa.

El tercer problema es “la falta de políticas con perspectiva de género”, no que en forma independiente al género se reconozcan los resultados para la sociedad, sino que en forma independiente de los resultados que ofrezcan o prometan para la sociedad y hasta del rigor con que repitan rutinas de movimientos repetitivos, se imponga la inclusión de mujeres. Ya que “solo hay 34%”. ¡Qué racionales!

El cuarto es “que se promueva el trabajo transdisciplinario” donde “predomine la colaboración entre grupos e investigadores”. Lo que es un sueño guajiro, porque por una parte al ser especialistas de especialistas de especialistas, terminan sabiendo mucho de muy poco, lo que los inutiliza y aísla. Por inseguros al saberse ignorantes e incompetentes, lo quieren ocultar, por lo que no dejan que nadie se les acerque lo suficiente para descubrirlos, pero a la vez pretenden que los demás bajen sus cartas, para ver que pueden piratearse, en su propio beneficio, para simular más y mejor, no para hacer algo para la sociedad.

El quinto problema es un perverso mito: “propiciar la figura del profesor-investigador, para estimular la calidad de la docencia, su rigor, originalidad y actualización”. Por esta retorcida falacia han desmantelado la carrera de Ingeniería Civil. Suplantado a los auténticos Ingenieros Civiles que trabajaban en el mundo real e iban solo unas horas a la semana a impartir una cátedra, en la que aportaban su experiencia y conocimiento de primera mano del mundo real. A los que la mafia de esquizofrénicos sistemáticamente han corrido para acomodar a voraces “académicos de tiempo completo o profesores-investigadores”. Lo que es un error garrafal que le causa un daño enorme al país.

Porque no es lo mismo ni se parecen un investigador y un profesional. El profesional es el que administra una frontera de contacto de la sociedad con la Naturaleza, con el mundo real, en el aquí y ahora. Mientras un investigador científico (aceptando sin conceder) es el que estudia el orden superior que rige la Naturaleza, fuera del tiempo y espacio, lo que los hace vivir en el mundo de fantasía, de las teorías y figuras abstractas, en el de lo valedero para todo en lo general pero excluyente para cualquiera en lo particular.

Pero están tan extraviados que no se dan cuenta que se forman (o deforman) en una fracción de una fracción de una fracción, que los hace un pequeño apéndice de un todo al que su mirada ya no puede abarcar y en su ceguera se creen meta ingenieros. Por lo que quieren poner la mínima parte sobre el todo, desgraciando a todos.

Estos profesores-investigadores son tan incompetentes que en su cátedra se limitan a leer el libro, porque no saben más allá y a dar los ejemplos del libro, porque no conocen otros y los alumnos deben resolver sus exámenes, que también se reducen a los problemas del libro, de la misma manera en que los resuelve el libro. Porque si lo hacen de otra forma, aunque llegue al mismo resultado, los reprueba. Y esa es la “calidad de la docencia, su rigor, originalidad y actualización” que presentan como avance y que perjudican a la Ingeniería Civil profesional y con ella a todo el país.

El sexto problema es que “no se ha revertido la escasísima existencia de patentes y productos nacionales relacionados con innovación y desarrollos tecnológicos”, lo que es una depravada forma de hacer ver la falta de resultados como problema ajeno a ellos. En vez de reconocer que esa ausencia de patentes y productos nacionales es el estadal que mide lo que la sociedad recibe a cambio de lo que cuestan. O dicho de otra forma: que no hay patentes ni productos porque no descubren ni desarrollan nada. Fuera de modalidades de hacerse y hacer a los demás, tarugos

El séptimo problema va en el mismo “(no) se ha fomentado la óptima vinculación de los investigadores con los diversos sectores productivos”. Con lo que cabe preguntar ¿entonces para quien trabajan? ¿Qué hacen y a quién beneficia lo que hacen? Y es con la aceptación de ese problema donde reconocen su ineptitud y falta de retribución al país de lo que cuestan. De cómo se la pasan haciéndole al cuento, viviendo de una superstición que han creado en base a deformar la verdadera ciencia, que aquí no se conoce, ni por ellos, los sacerdotes de la superstición de la ciencia.

Rematan su mañosa propaganda aseverando que: “Cabe señalar que los problemas del SIN no corresponden al desempeño de los investigadores, sino a las erráticas políticas federales y estatales relacionadas a la ciencia, la tecnología y la innovación”. Es decir, ellos son unos inútiles que hasta ahora se han robado todos los recursos que la sociedad con grandes sacrificios les ha confiado, pero resulta que el culpable son las “erráticas políticas”. Para eso no son inteligentes, si no saben que botón apretar es que los políticos no han tomado y puesta su mano en el botón correcto. Ellos solo aprietan el botón pero alguien más debe dirigir su mano. Lo que es ridículo.

Y continúan con su misma cantaleta de limosneros gratuitos. Con total soslayo de su falta de resultados alegan que “El gasto en ciencia y tecnología en México es raquítico” y sin mencionar que son menos raquíticos que sus resultados, van a la irracional medición por porcentajes de inversión medidos por la OCDE.

Y terminan reprobando a “la política nacional inadecuada y a que los gobiernos federal, estatales y municipales así como que el sector privado no apoyen la ciencia y la tecnología mexicana”. Ellos no tienen obligación ni compromiso de apoyar a nadie ni nada, sino que los demás son los obligados a apoyarlos “por su linda cara”. Y con toda maña invocan a una “ciencia y tecnología”, prestigiada en otro tiempo y lugar, pero que como demuestran, aquí no existe en los hechos, sino se refiere a un grupo de parásitos que se han mal acostumbrado a vivir de gratis, solo estirando la mano y haciéndole al cuento.   

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica.

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