Jueves, Abril 09, 2020
   
Text Size

INMADUREZ: Ángel Pujalte Piñeiro

*Lo que falta en el espectáculo electoral

En estos días previos a la elección no puedo menos que sentir desilusión por el espectáculo de la contienda. En diversas entregas he expresado el papel que corresponde al ciudadano como causa, efecto y fin de la democracia, como su sustancia imprescindible.

El ciudadano no es fan o fanático de un personaje o equipo, como sucede en el deporte, el fútbol o béisbol, ni idólatra de una superstición. Lo que se conoce como “voto duro” corresponde a este tipo de elector.

El que a ultranza tiene decidida su elección y no la cambia o muy difícilmente lo hace. Las razones pueden ser muchas, pero todas son inconvenientes para mantener la presión necesaria para evitar y corregir desviaciones. La irracionalidad nunca es buena.

Otro es el “voto útil” que corresponde a electores que como parece, también tenían decidida su elección desde antes del inicio de la contienda. Hay quien afirma que los convencieron con una larga campaña. La que dos contendientes intentaron y solo uno logró. Pero creo que la razón es más profunda y grave, van por el menos malo. Tiene de positivo castigar los errores y engaños. Pero también tiene de negativo su indefinición, su falta de claridad sobre lo que repudia o premia.

En los indecisos convergen dos extremos: los críticos, los analíticos, que aguantan su decisión hasta el final, hasta tener todos los elementos en la balanza. Y los apáticos, los desinteresados, los ajenos, los extranjeros de los asuntos comunitarios, los paganos de la política, los que se creen inmateriales, que da igual, que hagan lo que hagan, no influyen de ninguna manera o que no se logrará nada. Los derrotados.

Por otra parte, el nivel de las campañas es muy bajo. Principalmente consiste en una puja en la que se ofrece lo que la audiencia quiere oír. Ya hasta uno se quejó que le robaban sus ofertas. Y es cierto, han convergido en muchas propuestas. Lo que deja mal parado o exhibe la calidad de las plataformas e ideología de cada partido, que se suplantan con soluciones momentáneas y particulares.

Que se supone que deben representar a diferentes formas de ver al fondo del mundo y las cosas. De donde se establecen diferentes caminos. Pero no, los colores y denominaciones de ubicación: izquierda, centro o derecha, solo sirven para diferenciarse entre ellos, como los colores, uniformes y denominaciones de los equipos deportivos: águilas, chivas o tuzos. Donde todos juegan al mismo juego, siguiendo las mismas reglas y buscando los mismos objetivos. Todos quieren llenar su taquilla y meter goles en la portería del contrario.

Lo único positivo es una propuesta, que demostró su peso y valor o necesidad, en el hecho que todos se la piratearon y la enarbolan con insistencia y como propia. De la que parece que todos están conscientes y de acuerdo. Y es la necesidad de cambiar, de hacer las cosas de otra forma, de aplicar nuevos medios en busca de nuevos fines.

Parece que se dieron cuenta que cambiar para lo mismo o peor, lo tradicional, ya no funciona ya no es aceptable. Y es allí donde los partidos deberían hacer un alto para hacerse un riguroso auto examen. Empezando por la estructura ideológica. La filosofía. La que debe funcionar como el esqueleto que de soporte y forma. Y que sea la referencia que permita una limpieza, una depuración, para echar fuera todo lo que en la rebatinga de los últimos años, de una alternancia desordenada, de una asunción de poder y posiciones para la que no se estaba preparado y en la que se creció y actuó improvisadamente. Y la improvisación es la forma más eficaz y eficiente de desordenar cualquier cosa.

La democracia y la razón surgen de confrontar, en forma madura y seria, ideas y puntos de vista diferentes. El que gane no puede seguir la forma tradicional y los que pierdan tampoco. Pero los que menos pueden seguir siendo tradicionales son los habitantes. Porque la única forma de lograr la verdadera democracia, es decir que los servidores públicos trabajen a favor de la sociedad, es manteniendo una constante presión sobre ellos. Evitar a toda costa que se sientan seguros o que obedezcan a otro interés. Lograr que los puestos públicos dependan de los resultados que den a la población y no de complicidades.

Y eso es la tarea ciudadana pendiente más allá de las elecciones.

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica. 

Grilla en el Poder

Suscripción Online Suscripción Online

Gobierno del Distrito Federal

Suplemento Semanal

Restaurar Portal