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EL SUSTRATO CULTURAL: Ángel Pujalte Piñeiro*

*El cambio fundamental

Hoy lunes, para bien o para mal la suerte está echada, a pesar de los que creen que estas elecciones representaban escoger entre mantener el cambio o regresar al pasado, nosotros no somos los mismos por detalles relevantes muy cambiados, lo que esa creencia pierde en su simplismo.

Es una declaración equivalente a aquella que alguien es un peligro para México. La misma que terminó como la única evidencia presentada del “fraude electoral”. Sin embargo esta reposición de campaña denominada “guerra sucia” no ha logrado gran cosa. Con lo que quizás expone el verdadero peso de la publicidad electorera. La que aparece y desaparece con las elecciones y que exponen en el aparador público a imágenes de personajes, muchos desconocidos y otros no tanto.

Como circo que rompe la rutina de un pueblo con un torrente de propaganda de presentaciones y nuevos artistas: la mujer barbuda, los trapecistas, malabaristas, magos, payasos y el oso bailarín. Un espectáculo que además de regalar las entradas, regala bultos de cemento y láminas de cartón. Todo con tal que vayan a disfrutar el espectáculo y votar por el mejor artista.

El ganador no importa al público, ya que se juega el derecho a administrar la taquilla, que tampoco vive de la asistencia del público, sino de las rentas de los instrumentos sociales que los cirqueros han transformado en jugosos negocios. Y una vez resuelto eso, la empresa levanta sus carpas, enjaula a sus animales y sigue su marcha quien sabe a dónde y a hacer quien sabe que, porque el pueblo no vuelve a saber de ellos, hasta que otras elecciones hagan regresar al espectáculo itinerante.

Otro mito es que: “la falta de acuerdos angustia a los mexicanos que prefieren regresar a lo conocido”. Remachada por la afirmación que “no nos gustan los conflictos”. Pero son otras simplificaciones que extravían a la política y democracia y trata a la sociedad como rebaño de fácil engaño y manipulación. Lo que sin estar muy lejos de la realidad, no es exacto.

Por la existencia de una masa crítica que no se deja engatusar ni cae fácilmente en los garlitos de los políticos de la legua. Que sin ser todo lo grande que debiera, empieza a mostrar su valor y potencial. Porque aunque la mayoría es de fácil engaño y manipulación, al terciar sus preferencias se anulan entre ellos, dejando a la minoría crítica el poder de decisión.

Es la misma masa que compró el “peligro para el país” pero no “la vuelta al pasado”. Y es también la que dos veces depositó su confianza en el PAN y ahora se la retira. La misma que rechazo al inmaduro, caprichoso mentiroso y soberbio, no por la peligrosidad que le atribuían, sino por demostrar con desplantes de escuincle mal criado, que cree que todo el país se chupa el dedo.

La misma que ahora castiga a los que les dio oportunidad de demostrar con hechos sus alcances y no un cheque en blanco, por lo que ante los resultados, y a falta de a quien premiar, pues le reconoce el turno al que castigó primero, para comprobar si ya aprendió o todavía le falta. Y allí es donde radica el quid del juego. La sociedad con su voto debe castigar o premiar el desempeño de los servidores públicos. No debe premiar a los que son “buena onda” pero dan malos resultados, sino a los que sean lo que sean y como sean, reporten buenos resultados a la sociedad. Siempre al final lo importante para la sociedad son los resultados que reciba y lo demás es lo de menos.

Los políticos en el primer mundo son unos hijos de la tal por cual con los foráneos, lo que no entra en la cuenta de su sociedad, que lo único que revisa son los resultados que les reporten. Aquí es al revés, mucho de lo que se nos presenta como beneficios, en realidad lo son para foráneos y en detrimento nuestro.

Tampoco la masa crítica por huir de los conflictos le otorga carro completo al malo, con lo que premiaría el bloqueo de iniciativas de adversarios. Sino más bien castiga la falta de oficio de los novatos, que no supieron o no les intereso impulsar sus iniciativas. En una pifia que tiene aristas.

Una es que la falta de un proyecto nacional que oriente los cambios en el sistema legal no evita que muchas modificaciones se reduzcan a la pretensión de demoler restricciones e impedimentos que son parte de las ruinas de un proyecto caduco. Las que se desmantelan sin proyecto que unifique, justifique y de coherencia a lo que se hace. Por lo que se allana el beneficio de minorías, a costa del de la mayoría.

Otra arista son las normas o restricciones e impedimentos insertados en el sistema legal para respaldar un proyecto antisocial. Que puede ser el de burocracias desbordadas y grupos de interés que se han apropiado de instrumentos, territorios presupuestales y recursos sociales y buscan protegen sus abusos con normas deformadas. En el mejor caso cada postura política y grupo de interés impulsa cambios legales que mutilan y deforman el maltrecho plan general.

La falta de proyecto nacional es un problema grave, ya que el sistema legal debe ser la expresión documental de los paralelos de comportamiento correspondientes al plan. Sus partes no son piezas sueltas ni incoherentes que se pueden poner, quitar o intercambiar a capricho, sin alterar la integridad del plan. Sino que cada una debe corresponder con un propósito del plan general. En base a lo cual se formulan los actos previstos que cumplen las expectativas y necesidades del proyecto general, los que conducen a los fines que busca el plan.

Por eso cuando se actúa sobre partes de un sistema con una visión reducida y aislada, se desarticula y descoyunta el sistema haciéndolo inoperante. En beneficio de la parte se sacrifica al todo. Como patas desprendidas de araña, que desesperadas se agitan y mueven cada cual por su parte sin lograr mover al todo. Es fácil demostrar el desequilibrio en representación en nuestro congreso.

¿Cuál les gusta que sea la proporción de gays? Hay quien dice que son 3 %, otros que un 10 % y se les pueden conceder un 15 % o hasta un 25 % y siempre saldrán sobre atendidos. Solo comparen la atención que se les dio contra la que tuvieron las mujeres que sin discusión ni engaños deben andar alrededor del 50 % de la población total y no son comparables las aportaciones sociales. Y ese es apenas uno de tantos desequilibrios que solo existe una forma de corregir.

Se trata de poner atención donde no hay absolutamente ninguna, en la población total, en el conjunto, en el país completo, en el 100 %. El desorden lo genera que todas las partes se encuentran divididas y fraccionadas en un cada quien para su santo. Extraviadas en una silenciosa disgregación social en la que las partes se desentienden del resto y con visión y criterios particulares buscan y luchan por su propia salvación, que depende de lograr derechos, protecciones y prebendas ante las demás partes de la sociedad plural, que se ven como competencia.

Porque sin visión de conjunto no se ve el beneficio de la colaboración entre las partes, no se distingue como paga el compromiso con los demás ni la responsabilidad con toda la sociedad. Una visión de conjunto, un plan nacional, ubica a cada parte en su lugar, aclara el objeto que debe buscar, sus obligaciones y derechos y los límites a los que se debe plegar.

Y esa pieza es la que falta, la que acomoda y articula a todas. No había porque estorba al autócrata que quiere mandar a capricho. Pero si queremos avanzar debemos reponer los faltantes, sobre todo los fundamentales, como es un plan nacional.

El plan nacional servirá para reacomodar a todo el sistema legal en un arreglo coherente que beneficie a la mayoría, en detrimento de los excesos y deformaciones abusivas de grupo. Y servirá para echar a andar al país en conjunto. Para integrar al sistema productivo al mayor número posible de compatriotas. El que hoy día mantiene fuera a por lo menos el 60 % de la población. Y aparecerán recursos al evitar dispendios en actividades redundantes o innecesarias cuando no inconvenientes.

También servirá para que los partidos políticos elaboren su plataforma ideológica, su filosofía. La descripción de su propio camino para llegar a ese mismo lugar, que señala el plan nacional. Toda postura política legítima debe ser afín con el plan nacional. Lo cual no es tan difícil, por una sencilla razón: que es un plan de la mayoría, que busca y resguarda el bien común. Y ninguna posición, por lo menos abiertamente, se puede oponer al bien común.

Por eso lo hacen a la sorda, en forma mustia, ignorando el plan general o peor, deformándolo. Con lo que han construido el principal escollo para corregir el funcionamiento nacional o para lograr los “cambios estructurales”. Porque al tener cada partido político su propia visión, su propio plan. Que no coincide con el de los demás, en la medida en la que no son planes generales sino particulares.

De allí que los partidos aboguen por tener mayoría en el poder legislativo, como requisito de gobernabilidad. En cuyo caso no será para beneficiar a la mayoría sino para no tener problemas para beneficiar a su clientela, deformando a su favor el sistema legal en perjuicio de la mayoría. Desequilibrios que pelean los partidos para beneficiar a sus clientelas, que siempre son minorías y por lo que cuando otro partido piensa instaurar un desequilibrio que beneficie a una minoría de su grey, los opositores la bloquean para mejor tratar de apropiársela (venderla) ellos en caso de conseguir mayoría o vender su aprobación a cambio de prebendas y concesiones que nivelen los beneficios que logrará el otro grupo político.

Sin un objetivo claro y definido, en el mejor de los casos la lucha política se centra en imponer el objeto social, por lo que cada cual trata de implementar su proyecto de país. En el primer mundo, el objetivo es el mismo y lo que se juega en la lucha política son las diferentes formas de buscar ese mismo objetivo.

Por eso el primer pendiente de la democracia es la definición del tipo de sociedad que queremos ser. Para que no sea eso lo que se juegue y decida en cada elección, sino diferentes formas de buscar lo mismo. Así no se reinventaría al país en cada relevo político y no se malbaratarían recursos y esfuerzo en vueltas y zigzags que no van a ningún lado ni en propósitos que no aportan o se oponen al bien común.

Se trata de dejar de mirar minorías y recuperar la visión de conjunto. Recordar que el juego de la democracia es el de poner el interés de la mayoría por encima del de cualquiera y aún del de todas las minorías juntas. Ese es un sustrato cultural fundamental para la mentalidad demócrata. No existe la democracia donde grupos de tribus compiten por el derecho de explotar enormes concesiones.

Para lograr el fin último de la democracia, que los servidores públicos trabajen a favor de la sociedad, es imprescindible aclarar el juego y las reglas. Y lo primero que se debe aclarar es el objeto superior del juego y lo que se considera acierto y falta. Lo que prácticamente es un replanteamiento del juego de una dimensión tal como cambiar de caballo a mitad del río.

Pero también es un cambio de mentalidad indispensable en el juego político para avanzar como sociedad. Un paso al frente que transforme a políticos bananeros en profesionales del bienestar y prosperidad de la sociedad.

Parece insignificante sin serlo, la diferencia entre que el juego político sea la competencia entre diferentes formas de alcanzar el mismo bien común o entre diferentes intereses de grupo. De ello depende que salgamos del bache o no salgamos de lo mismo mientras los problemas se reproducen y crecen. De ese estrato cultural depende la forma en que viva nuestra descendencia en el futuro.

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica.