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DESORDEN: Ángel Pujalte Piñeiro*

Escrito por Ángel Pujalte Piñeiro* el . Publicado en Nuestros Columnistas

*Radiografía de la corrupción mexicana

La corrupción es apenas una consecuencia del desorden de una sociedad. En la medida en que una sociedad se organiza, esa sociedad avanza y disminuye la corrupción. Y en la que se desorganiza, retrocede y aumenta la corrupción.

Las formas del orden son pocas, mientras que las del desorden son infinitas. El desorden de cada sociedad es único, porque los trastornos son particulares, aunque los resultados sean los mismos: atraso, limitaciones al avance y corrupción.

Lo que hace que el principal desafío de una sociedad para organizarse, avanzar y minimizar la corrupción, sea detectar y distinguir los principios y procesos de su propio desorden. Esta entrega estudia las causas profundas y características del desorden de la sociedad mexicana.

Un síntoma indefectible del desorden de cualquier sociedad es la libertad para actuar de los dirigentes. El orden social se opone a la autarquía de los cabecillas (del grado y denominación que sean). Una sociedad ordenada no requiere grandes personalidades y le estorban los egos e individualidades. Y en el sentido inverso, a los autócratas les estorban las leyes, reglas, normas y procedimientos de una sociedad organizada.

En “Desarrollo y otros espejismos” en “Postdata” Octavio Paz señala que: “(…) dueño del partido y de los medios de información, el presidente goza de una facultad casi ilimitada para utilizar los fondos federales. Lo extraordinario es que con semejantes poderes nuestros presidentes no hayan sido ni Calígulas ni Nerones. La razón reside, quizá, en los largos años de disciplina y adiestramiento que el PRI impone a sus fieles”.

Adiestramiento y disciplina del que carecen los otros partidos. Como lo demostraron los Calígulas y Nerones, gracias a la alternancia se encontraron con las manos sueltas y los cajones abiertos. Como publiqué el 11 de abril en “Vulnerabilidad de la democracia”, en éste mismo medio “Grilla en el poder”.

También allí anoté que un puntal del desorden social mexicano, es que hasta la fecha no se cumpla el artículo 6º de la Constitución de 1824, que ordena dividir el poder entre tres potestades: legislativo, ejecutivo y judicial. Precepto constitucional que por angas o mangas no se ha podido cumplir.

El “poder legislativo” se limita a aprobar las iniciativas del ejecutivo o las que se tiran como golpes los partidos políticos. Su lejanía y divorcio de la sociedad lo exhibe que lo aprobado en este sexenio principalmente ampara la tajada de león gubernamental y deja a la sociedad sobrecargada fiscalmente en espera de milagros extranjeros y rascándose con sus propias uñas.

Una corrupción conceptual del legislativo es creer que su papel es regular a los ciudadanos, disciplinar a sus patrones. Cuando la misión primordial del poder legislativo es amarrarle las manos a los que pueden abusar. Meter en cintura a los servidores públicos para que trabajen a favor de la sociedad y evitar que se apropien de los instrumentos y recursos que la sociedad les confía para usufructuarlos como de su propiedad particular. Lo que deben empezar por el ejecutivo y seguir con ellos mismos.

También señalé que: “El orden en el país siempre ha estado en manos de un solo hombre: Llámese caudillo, emperador, monarca, dictador, príncipe, cacique, tlatuani o como Usted guste y mande. Para fines prácticos una sola voluntad decidía (y decide) y los poderes legislativo y judicial eran (y son) comparsas alineados a esa única voluntad”.

Desorden que persiste gracias a que: “las figuras” que “representan” a la división de poderes, no son los contrapesos al poder ejecutivo que son necesarios para que la sociedad avance hacia el bien común y minimice la corrupción.

Al respecto Octavio Paz, también en “Postdata” señala que: “(…) el Senado y la Cámara de Diputados han sido y son dos cuerpos parlanchines y aduladores que jamás han ejercitado crítica alguna; el Poder Judicial es mudo e impotente: la libertad de prensa es más formal que real: la radio y televisión (…) más interesadas en ganar dinero (…) que en analizar con honradez y objetividad los problemas del país”.

Octavio Paz reitera en muchas partes de su obra, que el rasgo distintivo del hombre moderno es el ejercicio de la crítica. Y Jaeger, documenta en Paideia, que en la Grecia clásica la crítica distinguía al ciudadano u hombre libre, del esclavo, al ser el fin último de participar, involucrarse y comprometerse en los asuntos comunitarios.

También para el más grande ilustrador: Jean Antoine Nicolás de Caritat, mejor conocido como el Marqués de Condorcet, el primer objeto de la instrucción pública es iluminar a los ciudadanos en el ejercicio responsable de sus derechos y obligaciones políticas, para que critiquen a sus leyes, a sus autoridades y a sus resultados. Para Condorcet el primer objeto de la educación es transformar a los habitantes en ciudadanos, para que aporten su necesaria participación en el perfeccionamiento del orden social.

El segundo objeto de la educación para Condorcet, es armar a la población con los medios para que se ilustre. No inculcar ideas sino enseñar la forma de adquirir conocimientos. No amaestrar a los alumnos con supersticiones: religiosas, políticas, científicas ni de ningún tipo. Para que la libertad para explorar los conocimientos, fomente la pluralidad y altura de ideas, que haga de cada ciudadano ilustrado, una neurona del cerebro social, cuya participación eleve y enriquezca el debate social. Entendiendo al debate no como discrepancia ni antagonismo por principio y a ultranza, sino como herramienta de convergencia de ideas a la verdad del fin supremo comunitario.

Por eso Paz lamenta que por aquí nunca haya pasado la ilustración. Lo cual es imprescindible para liberar a la población de la manipulación de mesías y caudillos y abrir una movilidad social que permita que solo en base al esfuerzo personal cada quien se pueda ubicar en el lugar social que quiera. Una en la que la jerarquía y reconocimientos sociales no los determinen la herencia, relaciones o recursos materiales, sino los méritos personales, sus aportaciones para la sociedad.

Pero si los habitantes no ilustrados no cumplen las obligaciones ciudadanas, Paz también aclara que los partidos políticos tampoco cumplen: “(hoy todos los partidos) no es un partido ideológico sino de grupos e intereses (…) jamás ha sido un órgano de crítica de la acción presidencial; al contrario, lo ha sido de apoyo incondicional a sus medidas y de diligente ejecución de sus órdenes”.

De este modo ni los habitantes ni los partidos políticos ejercen la necesaria crítica que debe existir en el sistema político para que el orden social evolucione, se oriente al bien común y encauce hacia su perfeccionamiento. En vez de eso Paz aclara que:

“En México hay un horror, que no es excesivo llamar sagrado, a todo lo que sea crítica y disidencia intelectual; una diferencia de opinión se transforma instantánea e insensiblemente en una querella personal. Esto es particularmente cierto por lo que toca al presidente: cualquier crítica a su política se convierte en sacrilegio”.

En vez de instrumentos perfeccionadores del sistema político, los partidos son mafias dedicadas al chalaneo de intereses de grupo.  El escándalo del momento lo confirma. El PAN lejos de reprochar los excesos e injusticias de sus gobernadores, como el de Sonora, hace el ridículo alegando que las revelaciones y señalamientos son parte de una campaña de desprestigio al partido y que por hacerlos ver mal, van a dejar de colaborar en la búsqueda del bien común.

Paz critica la atrofia que los partidos imponen al sistema político: “(…) piensan que el Partido (…) cualesquiera que hayan sido sus defectos, contribuyó poderosamente a la paz y estabilidad del país, sin los cuales hubiera sido imposible el desarrollo de México (…) me pregunto si muchos de los defectos de nuestro desarrollo no se deben precisamente (a que); si es verdad que preservó la continuidad de la acción gubernamental, también lo es que impidió el análisis y la crítica de esa acción. Además y sobre todo protegió la irresponsabilidad y la venalidad de los funcionarios (disciplinados y leales)”.

Dejando ver que la libertad de acción del ejecutivo, que en los hechos se traduce en impunidad, desorden y corrupción, se derrama en cascada sobre los funcionarios, gobernadores y burocracias, como una facultad solo condicionada a la subordinación, disciplina y lealtad al sistema.

El servicio a favor de la sociedad solo aparece en los discursos. Cualquier servidor público mientras se subordine en forma discreta, tiene total libertad para disponer de las herramientas y recursos sociales a su libre albedrío.

Orden del que se infiere que arriba de determinado nivel, a cualquier funcionario, burócrata o líder del sistema, se le pueden fincar cargos éticos, administrativos y legales, si se revisa con rigor su actuación. Y que los filtros no permiten pasar de determinado nivel o echan fuera al que no entiende las reglas del juego no escritas o le estorban escrúpulos.

En el sistema político mexicano no existen delitos sociales ni penales sino errores políticos, los excesos, abusos o apropiación de herramientas y recursos públicos no son incorrecciones, sino la insubordinación. Ningún servidor público pisa la cárcel por otra razón. La Gordillo no está en la cárcel por el perjuicio que le ocasionó al país lesionando la educación ni por saquear y despilfarrar recursos públicos, sino por insubordinada.

El escándalo del gobernador de Sonora, lo detonó su insubordinación y posiblemente lo conjure sin castigo para sus comportamientos ilegítimos y culpas sociales y legales, sino solo humillándose y sometiéndose al sistema mafioso. 

Columna referenciada: “Vulnerabilidad de la democracia”, del 11 de abril en Grilla en el Poder

http://www.grillaenelpoder.com.mx/news/index.php/columnas/columnistas/2133-torpezas-angel-pujalte-pineiro

*Autor de: La infracultura en la construcción, La anomia, Disección de la Ley de Obras Publicas y Servicios Relacionados con las Mismas, ¿A dónde Vamos, México? ¡Fe de Erratas del Desarrollo Nacional! y en proceso de publicación: El descalabro de la razón, La hermana perversa de la Ingeniería Civil y Recensión metafísica.