Sangre fría corre por las venas de médicos y enfermeras del IMSS
Fecha Lunes, 24 mayo a las 00:58:57
Tema Noticias




17:00 horas, aproximadamente: "No se vale, estos desgraciados nada más llegaron y la arrumbaron en el pasillo, hable con la subdirectora, no se vale, no se vale...”

Fueron palabras textuales de una trabajadora social del Instituto Mexicano del Seguro Social que confirmaron mis sospechas. 

Mi madre murió en medio de 50 “médicos” y un centenar de “enfermeras” que deambulaban indiferentes por los pasillos del hospital de traumatología “Magdalena de las Salinas”, esperando cobrar su quincena.   

“Entiendo su dolor, señor, pero yo no me puedo hacer responsable de lo que pasa atrás de estas cortinas. 

A mí me la acaban de pasar para atenderla y ya no pude hacer nada… Hable con la trabajadora social… Su mamá está clínicamente muerta”.   

Fueron palabras textuales de la subdirectora, doctora Luz María Ramos Brizuela.   

17:25 horas: “Señor, acabamos de revivir a su mamá, pero difícilmente podrá salir de esto, porque su corazón late muy débil…”   

Fueron palabras textuales de la misma subdirectora.   

17:35 horas: “Señor, su mamá acaba de morir, hicimos todo lo posible, pero… Hable con la directora…”   Más palabras de la subdirectora.   

17:45: “Su mamá murió de un paro cardiorrespiratorio”.  

Fueron palabras textuales de la doctora Juárez, directora del nosocomio.   

Aquí mi dolor me hizo reaccionar y le pregunté a esta funcionaria del IMSS lo que antes le había dicho a la subdirectora: “¿Está consciente de lo que hicieron a mi madre…?... A mi madre ya no me la van a devolver, pero escuche unas palabras para que queden para su reflexión… Ella llegó viva, pero la arrumbaron ahí, en la esquina donde está usted parada… El doctor chaparrito me lo confirmó y luego hicieron todo esto para dejar constancia aparente de que la atendieron con oportunidad, de que lograron revivirla, pero que fue imposible salvarla”.   

Ella, la directora de ese sector del “hospital” del IMSS, agachó la cabeza y se dispuso a escucharme, como aceptando culpas institucionales: “Mi mamá estaba aquí, en ese rincón donde está usted parada y muchos doctores y enfermeras pasaban a su lado indiferentes”.   

Una hora antes, cuando llegué a donde ella, mi madre, se encontraba “arrumbada” en un pasillo de ese hospital de urgencias, un doctor me había dicho que él la recibió, que le preguntó su nombre y lo que le había pasado y ella, mi madre, no recordaba nada, pues le respondió que no sabía nada, ni su nombre y preguntaba qué pasó.   

Esto demuestra que mi madre llegó a ese hospital con vida, pero la abandonaron en un pasillo del IMSS pese a la gravedad de las lesiones con que resultó del accidente automovilístico.   

Cuando logré saber donde estaba, guiado por otra trabajadora que me conducía a toda prisa sin orientación alguna dentro de las instalaciones del hospital, porque finalmente fui yo quien la encontró y no ella, mi madre estaba muerta sobre la camilla y el collarín que la presionaba y obligaba a mover sus labios, semejantes a los míos, me los heredó.   

Ella estaba muerta y lo comprendí cuando se montó la escena de que lograron revivirla, que le pusieron los aparatos, que la llevaron a la sección de especialidades, que le aplicaron inyecciones de estímulo revividor y no sé qué tantas cosas intentaron explicar las dos doctoras.   

Ellas saben que mi madre estaba muerta y de ahí la insistencia de que “yo no me hago responsable de lo que pasa atrás de estas cortinas”.   

Así funcionan las instituciones de salud pública en México, donde cada vez es más evidente que por las venas de médicos y enfermeras corre sangre fría.   ¿Quién sigue de entrar en este brutal sistema médico?  
Perdónalos, mamá.






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